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Noticias de MBA
La ciencia veterinaria:un mediador entre los alimentos y los ciudadanos
Enviado por: admin

Noticias del empresas Me he permitido recuperar en el título de esta colaboración un término, ciencias veterinarias, poco frecuente en la actualidad pero que, en la segunda mitad de los años setenta, especialmente en los debates que acuciaban entonces al mundo académico en el diseño de nuevos planes de estudio, tuvo una cierta vigencia como herramienta de denominación del abigarrado campo de conocimiento de las distintas manifestaciones de la profesión veterinaria.

Me he permitido recuperar en el título de esta colaboración un término, ciencias veterinarias, poco frecuente en la actualidad pero que, en la segunda mitad de los años setenta, especialmente en los debates que acuciaban entonces al mundo académico en el diseño de nuevos planes de estudio, tuvo una cierta vigencia como herramienta de denominación del abigarrado campo de conocimiento de las distintas manifestaciones de la profesión veterinaria. Quería servir, en definitiva, para circunscribir el vasto campo del saber que comprende desde un profundo conocimiento del modelo biológico animal, tanto en sus manifestaciones fisiológicas como en las patológicas, pasando por su interrelación con el mundo vegetal (alimentación) o con el entorno (manejo), hasta llegar a sus conexiones con el hombre, positivas (fuente proteica) o negativas (zoonosis).

Ha sido ese entorno intelectual el que ha convertido a los veterinarios españoles (hay que hacer esta aclaración, pues el panorama no es idéntico en toda Europa) en la auténtica vanguardia de las profesiones vinculadas con la problemática de la alimentación humana, tanto en los aspectos cualitativos como en los cuantitativos. Es cierto que con algunas vacilaciones, tanto corporativas como incluso universitarias, pero puede afirmarse con rotundidad que, en los últimos 25 años, si una profesión se ha identificado con la Seguridad Alimentaria (SA) esa ha sido la de los veterinarios. Han tenido conocimientos y vocación para ello.

Resulta conveniente llamar la atención sobre este hecho, en la actualidad, por los peculiares momentos a los que asistimos. Quizás no a través de los procedimientos que algunos hubiéramos deseado y, seguramente, por causas más espectaculares que transcendentes, pero la realidad es que la seguridad alimentaria ha cambiado, claramente, de estatus. Se ha convertido en sujeto de derecho internacional a través del Acuerdo Sanitario y Fitosanitario (SPS) incluido en el GATT, y que está dando lugar al desarrollo de un sistema arbitral en la Organización Mundial de Comercio, en el que se están ventilando enjundiosos conflictos entre EEUU y la UE. La SA ha pasado a formar parte de las agendas políticas y toda Europa apuesta por su conversión en un elemento más de la PAC (política agrícola comunitaria). La SA es ya, sin esperar al futuro, un elemento estratégico de competitividad en el mercado y el menos avisado de los observadores habrá podido comprobar hasta qué punto forma parte de las políticas de marketing comercial. En fin, la SA es una sección fija, así denominada, en importantes periódicos nacionales y extranjeros.

No es una circunstancia coyuntural. Es una realidad consistente y con la que conviviremos durante largos años. Es, además, lógica, porque el interés intelectual del hombre por los alimentos forma parte de su esencia y porque, además, los conocimientos científicos no hacen (ni harán en el futuro) otra cosa que acumular evidencias de las relaciones, positivas o negativas, entre salud y alimentación.

Las consecuencias de todo ello serán importantes y, algunas de ellas, en principio, impredecibles. Pero otras son fácilmente pronosticables y entre ellas se encuentra la de la acuciante necesidad de elevar, de forma muy significativa, el nivel de conocimientos que los ciudadanos tienen sobre los alimentos.

No se trata de despachar, simplemente, un elegante razonamiento sobre lo interesante que resultaría elevar el nivel de conocimientos de la población general sobre un tema concreto, en este caso los alimentos; discurso que, por otra parte, resulta, apropiado para cualquier ámbito. No es sólo eso. No se trata simplemente de alimentar la natural curiosidad de los hombres. Es algo más esencial.

En la actualidad, existe un consenso, generalmente aceptado por la comunidad científica y avalado desde hace algunos años tanto por la FAO como por la OMS, de parcelar el manejo general de los riesgos alimentarios en tres fases: evaluación de los riesgos, gestión de los riesgos y comunicación de los riesgos. En la primera se trataría de delimitar un peligro (su gravedad y la probabilidad de que se manifieste), en la segunda habría que elegir las medidas para minorar sus efectos al precio más bajo posible y, en la tercera, habría que comunicar a los ciudadanos las características de las dos anteriores. No debe, obligatoriamente, considerarse que son sucesivas, pues alguno de sus elementos pueden ser simultáneos, ni debe caerse en la tentación de considerar alguna fase más importante que otra.

Pues bien, desde mi punto de vista, la fase de comunicación de riesgos precisa un determinado nivel de conocimientos y formación de los ciudadanos si queremos que pueda realizarse de forma científica y de acuerdo a esa característica tan predicada como poco aplicada que es la transparencia.

La única comunicación a los ciudadanos que no precisa, por parte de éstos, el más mínimo esfuerzo intelectual es la del mensaje no hay peligro bajo ninguna circunstancia. Pero, desgraciadamente, ese mensaje es poco probable cuando nos referimos a los alimentos. Los mensajes más frecuentes serán los de: el riesgo es mínimo pero existe/ a la luz de los actuales conocimientos, no se prevén riesgos/ para eliminar el importante riesgo X debemos asumir como positivo el vernos expuestos al menor y evaluado riesgo Y/ etc. Que estos mensajes puedan ser dados (en aras a la transparencia) y que no generen reacciones imprevisibles, desmesuradas o caóticas, precisa de un nivel global mínimo de conocimiento social de los alimentos. Y téngase en cuenta que, todo ello, no es un elemento menor. En absoluto. Los fallos en la fase de comunicación de riesgos ( que no siempre son imputables a las autoridades administrativas) pueden conducir, y de hecho así sucede, a que la gestión del riesgo no se efectúe, exclusivamente, a la luz de las evidencias científicas, pudiendo resultar inevitable (aunque absurdo o antieconómico) tener que introducir medidas que tienen como única justificación tranquilizar a una opinión pública cuya percepción del riesgo no es proporcional con el riesgo real. Se acumulan los ejemplos que ilustran esta posibilidad.

Pero elevar el nivel global de conocimientos de la sociedad en relación con los alimentos, es una tarea ardua en la que habrá que recuperar mucho tiempo. El amplio sector de la alimentación humana hace unos 75 años que entró en la era industrial. Desde entonces, se han ido sucediendo la inclusión de nuevas tecnologías en cualquiera de sus fases: producción primaria/ industrialización/ distribución. Se desarrollaron, por selección genética, razas (animales y vegetales) de rendimiento muy alejados de los que se encuentran en la naturaleza en condiciones normales; se cambiaron los patrones de alimentación animal y se aprovecharon energías procedentes de otros ámbitos productivos; se incorporó la utilización de principios activos muy diversos; se introdujo el uso de aditivos; el frío se utilizó masivamente, tanto para refrigerar como para congelar y aún para liofilizar; las catas, científicamente desarrolladas, sirvieron para diseñar los alimentos preparados; se envasó al vacío; en muchos casos, las materias primas utilizadas son previamente fragmentadas (nata, extracto seco magro, etc.); se esterilizó calculando el nivel de riesgo; se introdujeron los organismos modificados genéticamente; se tindalizó; se irradió; se utilizó el ozono; se introdujeron los aceites tropicales; se aprendió a manejar la actividad de agua; se aislaron, tipificaron y comercializaron los estarter de quesos y embutidos; aprendimos a disolver proteínas, concentrarlas, saborizarlas y teñirlas con la apariencia que deseáramos; surgió la piscicultura y, con ella, la alimentación controlada del pescado,... Los ejemplos son casi infinitos y, sin embargo, apenas nada explicamos a los ciudadanos, aunque nada, salvo excepciones.

La mayor parte de ellos, de los ciudadanos, consideran que el nuevo marco en el que se mueve la alimentación humana en los países desarrollados (más democrático que en ningún otro momento histórico y con una accesibilidad a cualquier tipo de alimento como no se ha conocido nunca) es, simplemente, el efecto de la mayor potencia de los tractores. Apenas nada saben de todo lo demás. Además, en ocasiones, la falta de conocimientos concretos es sustituida por vagas sospechas y desconfianzas inconcretas que facilitan la consolidación de ambiguos miedos injustificados.

Por eso, cuando cada vez que surge una crisis o una situación de alarma, toma conciencia de realidades que desconocía (que se han utilizado harinas animales/ que hay contaminantes como las dioxinas cuya presencia es prácticamente imposible de evitar/etc) se siente engañado y su estado de ánimo entra en una desazón que no ayuda a la mejor gestión del problema.

No puede ser que el conocimiento de los ciudadanos en relación con los alimentos mejore a impulsos de las crisis y los escándalos. Se necesitan procedimientos más sensatos para introducirles en un mundo complejo pero respecto del cual tendrán que opinar, tanto como consumidores, con sus elecciones de compra, como en su dimensión de ciudadanos que votan, optando por quienes programen aquellas actuaciones que ellos consideren más convenientes en este campo.

En este punto, lo lógico es mirar hacia la escuela y hacia el sistema educativo en general, recabando de él la inclusión de conocimientos sobre los alimentos en los planes docentes de las distintas etapas educativas. Desgraciadamente, una solicitud de este tipo tiene que competir por el escaso tiempo docente con otras muchas demandas (seguridad vial, drogas, VIH, etc.). Pero, en todo caso, el problema que nos ocupa no puede esperar, para ser abordado, a que la sociedad esté compuesta sólo por ciudadanos que hayan tenido la oportunidad de adquirir conocimientos sobre los alimentos durante su etapa educativa. Necesitamos recuperar a todos.

Y es para esta vasta misión para la que el candidato a la profesión veterinaria, conocedora, cuando no impulsora de la revolución alimentaria que se ha producido, silenciosamente para los ciudadanos, durante las últimas décadas. Los veterinarios, saben y conocen y, por lo tanto, pueden explicar.

Pero también resultan imprescindibles los medios. Es indudable que los medios de comunicación (periódicos, televisiones, medios radiofónicos) constituyen una pieza clave para este desafío. Pero también las nuevas tecnologías, especialmente internet y especialmente cuando la oferta que se proporcione a través de ella cuente con el aval y respaldo de una entidad que garantice la calidad de sus contenidos y ponga la oferta al margen del cierto caos que el buscador inexperto pueda encontrar en este medio. Por eso, tenemos que saludar la aparición de este soporte del Colegio de Veterinarios de Madrid que, en su página colvema.com, pone a nuestra disposición una tribuna de comunicación con los ciudadanos y con nuestros colegas que no podremos dejar de aprovechar.





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